Las aulas universitarias donde se forman los profesionales del periodismo enfrentan a diario desafíos tecnológicos, que no son recientes. En 2024, por ejemplo, el Foro Económico Mundial identificó que la desinformación y otros problemas de información contaminada se han mantenido entre los principales riesgos globales para, prácticamente, todos los actores sociales: gobiernos, sociedad civil, empresas, organizaciones internacionales y academia. La desinformación constituye, entonces, un reto social que apunta a la confianza ante toda institución y ante toda persona con autoridad sobre lo que se considera información creíble, entre ellos la prensa y los periodistas.
En el caso de la formación académica, 2024 también fue crucial para las universidades ecuatorianas. En ese momento, se cerró un período de siete años en el que unas cinco universidades que forman comunicadores y periodistas actualizaron sus perfiles de egreso, incorporando en sus mallas curriculares contenidos prácticos y contenidos digitales.
Al mismo tiempo, 2024 fue un año de evaluación de un lustro de una experiencia de verificación colectiva en perspectiva intercultural más allá de las aulas universitarias, liderada por el Observatorio Interuniversitario de Medios Ecuatorianos (OIME), en un escenario caracterizado por cambios socio-tecnológicos constantes para el ejercicio profesional.
Evidencia de ello es que los comunicadores y los periodistas lidian a diario con los trastornos desinformativos, que forman parte un fenómeno de crecimiento exponencial, y, además, deben batallar con la posverdad. Sí, esas emociones y esas creencias personales que, de una parte, superan a los hechos objetivos en la configuración de la opinión pública y, de otra, refuerzan la pérdida de influencia y de credibilidad en los medios de comunicación.
En la misma línea, recientes artículos reflexionan justamente alrededor de esos tres desafíos: la desinformación, la polarización y una formación profesional que trascienda por su compromiso con los asuntos de interés público. Esos retos son, también, exigencias para los nuevos perfiles profesionales que deben sintonizar con una formación pertinente en el campo de la comunicación y el periodismo, y, en especial, con sus fundamentos deontológicos, la calidad y la verificación de la información.
Se trata del artículo ‘Desafíos de la desinformación y la opinión pública para la formación de periodistas: apuntes de una experiencia más allá de las aulas’, publicado como uno de los capítulos de la obra Desinformación, sociedad y política. Atisbos, reflexiones y recomendaciones apresuradas, editada por la Universidad Andina Simón Bolívar y Editorial El Conejo; y, por otro lado, del artículo ‘Actualización curricular para potenciar los perfiles profesionales: ¿una necesidad para la sostenibilidad de las carreras?’, de la revista Gigapp Estudios Working Papers. Ambos, publicados en 2025; el capítulo del libro se presentará en junio de 2026 en el marco de la primera edición del Congreso de Comunicación Mitad del Mundo organizado por la Universidad Andina Simón Bolívar.


Competencias formativas para un mundo en constante cambio
Si se compara la velocidad del desarrollo tecnológico de las profesiones con la de la evolución de los perfiles formativos en las universidades, podemos evidenciar una distancia significativa. Y si pudiéramos visualizar esa distancia, se podría magnificar el reto que conlleva para las instituciones de educación superior formar profesionales que puedan ejercer profesiones en constante cambio. Además de ser un reto, también sería una comparación injusta.
La incidencia de la tecnología en profesiones como el periodismo es visible en la práctica laboral del día a día, mientras, en los programas formativos esa incidencia toma un poco más de tiempo. ¿La razón? De acuerdo con el Reglamento de Régimen Académico instrumento que operativiza la Ley Orgánica de Educación Superior (LOES)—, las carreras de grado pueden tener una vigencia de 10 años; lo cual explica el tiempo que una institución puede valorar para actualizar los contenidos curriculares de las carreras que oferta.
En el campo de la comunicación, existen universidades que han asumido el desafío de revisar su oferta y alinearla a las necesidades del mercado laboral. El artículo ‘Actualización curricular para potenciar los perfiles profesionales: ¿una necesidad para la sostenibilidad de las carreras?’ refiere el esfuerzo que cinco universidades privadas del país emprendieron entre 2018-2024 al proponerse innovar su oferta académica de comunicación y periodismo.
En ese empeño, los cambios más relevantes que hicieron las universidades fueron la disminución de nueve a ocho semestres en el tiempo de estudios de las carreras, la incorporación de asignaturas relacionadas con los entornos digitales y el emprendimiento, así como la reducción considerable de asignaturas relacionadas con el análisis crítico y teórico y el contexto histórico, económico, político y cultural.
Las actualizaciones curriculares evidenciaron el compromiso de alinear la formación académica a las exigencias del entorno laboral y profesional, lo cual es válido. Sin embargo, surgen nuevas inquietudes. ¿Se están reemplazando las competencias analíticas por las digitales? ¿Se está formando a profesionales hábiles con la tecnología, pero débiles con el razonamiento y la reflexión?
El intento por acortar la distancia entre las necesidades en competencias digitales que exige la práctica profesional; no se puede mermar la capacidad analítica de los nuevos profesionales. Con esto coincide en esencia Jorge Sánchez de Nordenflycht, consultor y colaborador de la Fundación Periodistas Sin Cadenas, quien afirma que gran parte del contenido “contextual y crucial se ha eliminado del currículo para dar cabida a la tecnificación del trabajo”.
Frente a la era de la desinformación que vivimos, Jorge Sánchez considera que es aún más pertinente la toma de conciencia de los desafíos que esta plantea tanto a los escenarios formativos como a los escenarios profesionales.
Por un lado, hay una importancia de contar con la tecnología para generar miradas críticas de la realidad y, por otro, no es posible perder de vista el compromiso ético de la lucha contra la desinformación. Aquí, las herramientas y las aplicaciones tecnológicas pueden ser de vital ayuda para la verificación de datos y de hechos, como parte de la práctica diaria del periodismo que, en el caso de Ecuador, no se ha restringido a las salas de redacción.
De las verificaciones en el currículo a una experiencia colaborativa por fuera de las aulas
El fact-checking, que traducido al español es verificación de hechos y de datos,es una práctica periodística que suma más de dos décadas de vida. En 2001, nació en los Estados Unidos y tomó fuerza en Latinoamérica en la década anterior cuando empezaron a nacer sitios web dedicados a la comprobación del discurso oficial sobre los asuntos de interés público.
En Ecuador, en 2016, Ecuador Chequea fue el primer medio especializado en esa práctica periodística y, en 2017, se alió con la Universidad San Francisco de Quito (USFQ) para la cobertura y la verificación de discursos en las elecciones presidenciales, constituyéndose a partir de entonces en un ejercicio básico de las clases de prácticas periodísticas que se describe en el capítulo del libro “Desafíos de la desinformación y la opinión pública para la formación de periodistas: Apuntes de una experiencia más allá de las aulas”.
Alrededor de esos inicios, Eric Samson, coordinador de ese entonces en la carrera de Periodismo de la USFQ, recuerda que lo que motivó esa práctica pionera sigue vigente para cualquier centro de estudios: La verificación es un elemento diferenciador del trabajo que realizan los periodistas con formación universitaria en un escenario de producción masiva de contenidos. ¿La razón? Es una práctica que enfrenta a esa producción de contenidos apoyada, únicamente, en herramientas tecnológicas, pero que no cuenta con una base en los principios periodísticos.
Con la llegada de la pandemia del coronavirus Covid-19, en 2020, la oportunidad de llevar el fact-checking del discurso público al ámbito de la salud motivó al OIME a involucrarse en un ejercicio interinstitucional en el que participaron estudiantes de la USFQ y de cuatro centros de estudio más, la Universidad UTE, la Universidad Central del Ecuador, la Universidad Técnica Particular de Loja y la Universidad Técnica de Cotopaxi. Todas esas universidades están asociadas al Observatorio.
Desde entonces, más de una docena de estudiantes ha sido capacitada en el Código de Principios del International Fact-Checking Network, del Instituto Poynter, por medio de Ecuador Chequea. ¿Y cuáles han sido los resultados? Esos periodistas en formación no solo se han integrado a la práctica global de la verificación, sino que lo han hecho desde un espacio independiente a los medios, desde donde están combinando la metodología de chequeo con la investigación y la divulgación científica sobre verificación y la alfabetización digital. Esto último, incluso, al interior de sus hogares y redes de contactos de familiares y amigos. Así lo menciona Martina Lapo Robayo, alumni USFQ y ex verificadora en medios especializados y representaciones diplomáticas.
De esas experiencias dentro y fuera de las aulas y de los medios, las competencias analíticas de un periodismo comprometido con lo social son posibles y, por medio de ellas, se apunta a la calidad de los contenidos.
La calidad como otra competencia en un escenario tecnológico desigual
Si se observa el ejercicio del periodismo en el contexto digital contemporáneo, es posible advertir que, nos guste o no, compite de manera directa con contenidos que, en muchos casos, son manipuladores y se multiplican con facilidad en el entorno en línea, como ocurre con la desinformación y la polarización. Ahí es necesario debatir sobre la calidad de los contenidos que, de forma inevitable, conlleva una reflexión sobre el restablecimiento de la confianza en el trabajo periodístico por parte de una ciudadanía informada.
Sobre ese debate alrededor de la calidad periodística, Eric Samson menciona que hay planteamientos como la ‘Iniciativa para un periodismo de confianza’, que es promovida por la organización Reporteros Sin Fronteras, a la que él pertenece. El propósito de esa iniciativa es, de una parte, reducir la desinformación y, de otra, reconocer el periodismo ético y profesional, por medio de un sello de calidad.
Si se analiza con mayor detenimiento ese tipo de propuestas que se detallan en el capítulo de la obra editada por la Universidad Andina Simón Bolívar y El Conejo, se podría transitar hacia una autorregulación voluntaria. Ese tipo de regulación propia requiere la participación de múltiples actores, incluida la academia donde están formándose los periodistas o el OIME donde están reafirmándose competencias críticas. Así lo considera José Sánchez, para quien esa experiencia puede aportar a un escenario distinto al de hoy en día, estructuralmente favorable en términos de calidad y de verificación.
Ana Paulina Escobar
Universidad de las Américas
Pamela J. Cruz
Observatorio Interuniversitario de Medios Ecuatorianos (OIME)
Imagen de portada
Generada con inteligencia artificial mediante ChatGPT. La ilustración representa a estudiantes de periodismo realizando procesos de verificación digital y análisis de información en un entorno tecnológico y colaborativo.